Inevitablemente contemporáneo
Andrés Waissman. Final del Imperio

La parte por el todo

El cabrilleo lento, y después de una inmóvil
fugacidad, el incendio, que prolonga,
en la noche cerrada, un crepúsculo
chisporroteante. Hay una franja móvil
de fuego bordada en el tejido
tenso del bastidor de la amplia oscuridad.
Gritos de pájaros enloquecidos, cenizas en el viento.
El alba ¿encontrará los rescoldos finales, o aquella
vieja amenaza que día y noche
nos acompaña
llegará hasta este mundo con su fuego irreal
para escribir, por fin, borrándonos, la ardiente profecía?
1

El hombre, apenas sugerido, esbozado con trazos rápidos y esquemáticos, es siempre parte de una multitud en las obras de Andrés Waissman. Algunas de sus pinturas de la serie La sombra colectiva (1997), remiten a muchedumbres de seres anónimos que transitan a la deriva a través de un paisaje mudo. En ocasiones, el espacio pictórico – su escenario – se ordena en dos planos que emulan la línea del horizonte, y el éxodo de la horda parece transcurrir a bordo de una suerte de embarcación. En otras, el agolpamiento de diminutas figuras – esta vez bajo un horizonte caído y quebrado – alude a incasables peregrinos que sostienen banderas o estandartes. Nunca sabremos de dónde vienen ni hacia dónde van, ni siquiera si ese nomadismo voluntario o no conlleva un buen presagio. Sólo intuimos que la multitud obstinada y errante anda siempre a la búsqueda de un rastro, de una tierra prometida, de un destino.

Estos hombres y estas mujeres que cruzan puentes o atraviesan vastas extensiones se trasladan caminando – la tracción es a sangre – llevando consigo, seguramente, consignas de reivindicación. Parecen todavía creer en el poder de las masas, en el poder del pueblo unido que jamás será vencido…

Ahora bien, si las obras recientes de Waissman están atravesadas por una tensión premeditada entre la figuración y la abstracción, por un juego de presencias y de ausencias, las pinturas que integran la serie Final del Imperio parecen posicionarse, casi con exclusividad, en el terreno de la no representación.

Aquellas caravanas humanas son ahora sometidas a un violento close up pictórico y, de este modo, el entorno o el contexto tiende a desaparecer. Waissman acerca el foco de su mirada y transforma la parte en el todo. Cubre obsesivamente la superficie del cuadro con pinceladas cortas, alineadas una junto a la otra. El gentío sigue caminando, sigue siendo anónimo, sin embargo la anécdota ha sido suprimida. La depuración formal es notoria respecto a su producción anterior, no obstante conserva y concede títulos “literarios” a sus obras, proporcionando, desde el margen, un cierto anclaje de sentido que guía al espectador a través de la pluralidad de significaciones que disparan.

Se ha dicho que la obra de Waissman refleja una preocupación por la realidad contemporánea observada desde sus raíces históricas2. Desde hace varios años, filósofos e intelectuales señalan que la política de los Estados se vuelve cada día más negativa, que ya no aspira a socializar, a integrar, a crear nuevas libertades para los individuos sino, por el contrario, tras sus apariencias de socialización y participación, desocializa, deslibera y, fundamentalmente, expulsa.3 A la luz de este presente implacable, ¿cómo es la mirada que arroja un artista hacia este mundo?

Ante el derrumbe literal y metafórico de ciudades, sociedades, instituciones y proyectos, ante la indefensión de miles de personas, generada por guerras declaradas o solapadas, Waissman agudiza la mirada, aproxima el foco y nos ofrece un primer plano. No se trata de una “ilustración” de la realidad sino de una reflexión en clave artística acerca de Las tribus (2002) de hoy, las que habitan ciudades salvajes y faraónicas que superan la medida del hombre, en las que coexisten la abundancia y la carencia extremas.

Final del Imperio se completa con un conjunto de obras de pequeño formato que conforman la serie de Los alfabetos perdidos (2002). Es interesante notar que aquellos mismos individuos anónimos, aquellos mismos trazos dispuestos con esmero conforman, sobre estas tablas, una suerte de lenguaje olvidado, de alfabeto con aspecto antiguo que, sin embargo, se empeña en ser descifrado. Quizás, como dice el propio Waissman, sean las multitudes que están escribiendo su propia historia.

Florencia Battiti

Buenos Aires, septiembre 2002

1 Juan José Saer, “Campos quemados” en El arte de narrar, Ed. Planeta, 2000.

2 Santiago García Navarro a propósito de la exposición “Desde el Sur”, Bs. As. 1998-2000

3 Jean Baudrillard, América, Ed. Anagrama, Bs.As., 1987.