Inevitablemente contemporáneo
Dibujos con fondo de cielo

Si alguien nos contara que en San Martín de los Andes vive una artista que dibuja con el cielo como fondo, seguramente la imaginaríamos con lápices y papeles, sentada al aire libre, esbozando trazos bajo un inmenso cielo celeste… Pero en el caso de Valeria Conte Mac Donell, joven artista radicada en Neuquén, el cielo es el soporte físico (real) de sus dibujos, por lo que las nociones tradicionales de figura y fondo, básicas en el aprendizaje de esta disciplina, se trastocan por completo y la acto de dibujar cobra una dimensión sorprendentemente inédita.

Valeria realiza lo que en arte contemporáneo llamamos una “acción performática”, un ejercicio efímero en el que su propio cuerpo en contacto con la naturaleza es el protagonista. Efectivamente, desde los años sesenta, los artistas buscaron a través de la performance acercar la práctica del arte a la vida cotidiana, estableciendo con estas acciones un contacto más directo con el espectador. A su vez, al utilizar el cuerpo como principal herramienta en la construcción de la obra y pautar para las performances un tiempo de duración determinado, lograban alejarse de los crecientes dictados del mercado y de la noción del artista como productor de objetos de consumo.

Así, en su casa-taller en las cercanías del lago Lolog, Valeria armó una estructura de aproximadamente nueve metros de altura que, a partir de un sistema de tensores y malacates, le permite suspenderse en el aire para dibujar con alambre teniendo el cielo como fondo. De esta manera el dibujo se va desarrollando en el espacio –es decir, en la naturaleza, aliada y enemiga de las obras de Valeria− y en el tiempo; un tiempo que resulta vital, tanto para la artista como para quienes participan de la acción. Porque lo que Valeria propone como obra es, en realidad, una experiencia, una obra de arte viva en la que el proceso de ejecución cobra igual, e incluso mayor importancia que el resultado final.

No todo artista logra conmovernos. Sin embargo, cuando vemos a Valeria moverse como una araña, recortada sobre las montañas, resistiendo el viento y el frío, sostenida literalmente por su propio dibujo, concentrada y cuidadosa, tejiendo con trazos de alambre las formas que lleva en su mente, resulta imposible no vibrar junto con ella mientras ejecuta su ritual bello y absurdo, tan embriagador como inútil a los efectos de este mundo tecnificado y utilitarista.

Y así, a lo largo de las tres horas que dura la acción, quienes la observamos desde abajo vamos descubriendo cuál era ese dibujo que Valeria nos tenía guardado secretamente desde el principio.