Inevitablemente contemporáneo
El futuro ya llegó hace años.


Las paradojas del tiempo en la obra de Adrián Villar Rojas.

De los rasgos más fascinantes que tienen los sueños, el modo en que el tiempo acontece en ellos resulta de los más sugestivos: el ritmo de nuestras aventuras oníricas responde a otra lógica y entonces el reloj enloquece, el tiempo se libera de las tiránicas coordenadas a las que lo sometemos durante el día, ya no hay edades, ni horas, ni días, ni meses, ni años… El tiempo, tal como lo conocemos, en los sueños se altera, se subleva, se trastoca y, al hacerlo, abre dimensiones completamente insospechadas.

Las asociaciones de temporalidades disímiles, tan caras a los surrealistas, se alojan en el corazón de la obra de Adrián Villar Rojas. Sus imponentes proyectos escultóricos tienen la facultad de hacernos sentir inmersos en un sueño, donde pasado, presente y futuro colisionan entre sí, amalgamando realidades completamente distintas.

I.

Una enorme ballena yace inmóvil en medio de un bosque de lenga en la ciudad más austral del mundo. Pequeñas hojas amarillas le cubren parte del lomo. Hay poca gente en el lugar y se lo ve a Adrián, yendo y viniendo, cabizbajo, ensimismado y concentrado, su cuerpo frágil un tanto desabrigado a juzgar por el fío que yo misma siento.

Yo ya conocía ese bosque, lo conocía bien, pero en ese momento, mientras recorría y descubría ese enorme volumen de barro del que surgían cráteres cuasi lunares, tuve la impresión de estar entrando a Yatana por primera vez. Me sentí dentro de un sueño. Un sueño alucinante. Imposible no pensar en Menville y la épica aventurera de Moby Dick, el hombre luchando contra las fuerzas de la naturaleza… La obra le fue encargada a Villar Rojas por su coterráneo rosarino Fernando Farina en el marco de la II Bienal del Fin del Mundo, llevada a cabo en Tierra del Fuego en 2009. A partir de entonces, la imagen de esa ballena, desamparada y bella, se reprodujo por doquier. Sin embargo, Villar Rojas, que por entonces tenía sólo veintinueve años, ya había dado qué hablar con su muestra “Lo que el fuego me trajo” (una sugestiva inversión de “Lo que el viento se llevó”) en la galería Ruth Benzacar, abarrotando aquel subsuelo de la calle Florida con cientos de piezas de arcilla sin cocer dispuestas sobre estantes, entre ladrillos y escombros, exigiéndole al espectador un recorrido dificultoso y un tanto asfixiante, a través de una atmósfera cargada de ruina y desolación.

II.

Contra la economía de recursos formales propia de los neoconceptualismos, Villar Rojas opone la opulencia barroca de una escultura del exceso, dramática e híper narrativa, que no le teme a los clichés. Tal como señaló Inés Katzensteini en una reseña sobre “Lo que el fuego me trajo” la instalación de Villar Rojas aludía a los procesos originarios de la creación (los hornos, la cerámica, el fuego) construyendo para sí una figura autoral que se alejaba del artista contemporáneo como apropiador y resignificador de lo “ya hecho”. Y es que tanto la escala, colosal y monumental que generalmente maneja, como el material –la arcilla cruda y craquelada que connota longevidad- resultan claves en la experiencia estética de las obras de Villar Rojas. Ambos elementos, combinados con su descomunal imaginación, operan al servicio de reconfigurar no solo la fruición propia del arte sino de resignificar nuestra percepción del tiempo. Sus instalaciones escultóricas figuran un pasado-futuro en el que reconocemos rastros de culturales ancestrales conviviendo codo a codo con un ipod o una referencia a Kurt Cobain. Asimismo, los contextos en los que sus proyectos son realizados (desde el bosque de Yatana en Usuhaia hasta la terraza del Metropolitan Museum en Nueva York o el Observatorio Astronómico de Atenas) constituyen una instancia clave en la articulación de sentidos que sus obras proponen. Así, las narrativas de los espacios de exhibición y/o de las instituciones que alojan sus titánicos proyectos se entretejen y dialogan, generando múltiples capas de interpretaciones.

III.

Quien hubiera dicho que el tiempo ocioso del sueño iba a convertirse en un territorio contracultural, un espacio de resistencia ante el avance imparable de la rentabilidad que impone el capitalismo contemporáneo. Y es que el tiempo del sueño, advierte el profesor Jonathan Craryii, y su intrínseca pasividad, es uno de los pocos intervalos de nuestras vidas que aún no ha sido mercantilizado. Crary nos recuerda que desde hace décadas los sistemas de producción y consumo de gran parte del mundo desarrollado funcionan las 24 horas del día durante los 7 días de la semana pero que sólo recientemente el modelado de nuestra vida social está siendo reorganizado para adaptarse al funcionamiento sin pausa de los mercados y las redes de información. En este contexto, el arte ofrece una vía de reflexión pausada, de disfrute intelectual y de tiempo bien perdido. El trabajo de Adrián Villar Rojas, vertebrado por fabulosos anacronismos, resulta el territorio ideal para soñar despierto, para sentir y pensar a partir de su obra, para compartir su extraña sensibilidad y así entablar un diálogo atemporal con las ficciones que nos propone su ilimitado universo poético.

Florencia Battiti

i Inés Katzenstein. Arte y sentimiento. Sobre “Lo que el fuego me trajo de Adrián Villar Rojas”, revistaotraparte.com/nº-17-otoño-2009.

ii Jonathan Crary, 24/7: Late capitalism and the ends of sleep, London: Verso, 2013.