Inevitablemente contemporáneo
Hogar, dulce hogar. Hábitos artísticos contemporáneos

Florencia Battiti y Fernando Farina1

“Todo espacio realmente habitado lleva como esencia la noción de casa”.

Gastón Bachelard, La poética del espacio

I. La experiencia del habitar

¿Cuánto dicen de nosotros los espacios que habitamos? ¿Qué formas adoptan esos espacios? ¿De qué manera reflejan o no nuestros modos de vivir? Si la figura de la casa funciona como una frontera entre el adentro y el afuera, lo privado y lo público, lo seguro y lo incierto, “la casa” opera también como proyección de nuestro propio cuerpo (y especialmente de nuestra mente), como una suerte de microcosmos que, a su vez, disputa la inmensidad del universo.

A propósito de esta exposición, pensamos la casa como ese espacio-tiempo donde se despliega la experiencia del habitar, donde se ancla el deseo primario de la mujer y del hombre por ocupar un lugar en el mundo, pero también como el sitio donde se emplaza la imaginación. ¿Quién, de chico, no soñó con la construcción de una casa arriba de un árbol o improvisó una debajo de la mesa? Ese acto, el de armar una casa adentro de otra, ensayada con cualquier elemento que se tuviera a mano, es, además, la necesidad de construir historias, de tejer relaciones, de inventar experiencias.

II. La rebelión de lo cotidiano

¿Y si el hogar se rebelara contra el orden impuesto por los usos y costumbres y se atreviera a alterar su doméstica funcionalidad? Una funcionalidad tal vez absurda para los más pragmáticos, pero capaz de sumergirnos en otras dimensiones, en otros tiempos.

Si así fuera, los espejos podrían no reflejar todo a imagen y semejanza de quien los mira, sino astillar la realidad en mil pedazos, configurando metáforas que nos lleven a reflexionar sobre quiénes somos, sin quedar atrapados en la sencillez de lo esperable, viendo siempre la misma máscara de nuestros rasgos sin comprender qué se esconde dentro de nosotros mismos.

Los libros, por su parte, no tendrían por qué estar ubicados en prolijas bibliotecas o estantes, sino que buscarían organizarse bajo su propia lógica. Nuestra casa es ejemplar en este sentido. El capital cultural y simbólico se apila cual columnas que se alzan orgullosas hasta el techo, sosteniendo así los ideales de ascenso social en los que creían nuestros abuelos inmigrantes, quienes confiaban en el saber y el conocimiento como pilares del progreso social.

Claro que el disciplinamiento moral no resultaría ajeno a las prácticas domésticas propias de un hogar, y así las coquetas sillas del comedor burgués se abocarían a vigilar y castigar a todo sedicioso e insurrecto morador, imprimiendo rigurosamente la ley en su memoria corporal. Aunque, para ser sinceros, sospechamos que tal vez sea la propia casa la que les imponga el orden a las sillas, y las vuelva incapaces de escapar aunque quisieran desordenarse.

Pero, afortunadamente, siempre existen ventanas que abren otros mundos, menos estrictos y más fantasiosos; mundos oníricos que se sobreimprimen en realidades paralelas y a los que no les importa la indeterminación de sus elementos. Mundos-ventanas que se abren a otros micromundos, orgánicos y voluptuosos, dejando entrever paisajes privados e interiores o, incluso, escenas naturales no exentas de cierto tenebrismo. Son ventanas que dibujan deseos e invitan a descubrir un campo para la acción, que trazan un horizonte de posibilidades, de contradicciones, de relatos inconclusos que siempre precisarán de nosotros para continuarse, para devenir.

¿Y la casa tiene un patio? ¡Claro que sí! El patio está inspirado en el famoso Tholos de Delfos, de planta circular, pero sus columnas, en lugar de ser sólidos pilares de piedra, son etéreas pilastras transparentes que permiten descubrir a todo aquel que pretende esconderse tras ellas.

Sin televisor, nuestra casa tiene su propio espacio para la contemplación, para aprender a ver sin apuro, disfrutando de lo mínimo. Así, sentados cómodamente en un sillón, nos percataremos de que aquello que desaprensivamente parecía la nada, o siempre lo mismo, luego de un tiempo llega a develarnos imperceptibles y maravillosas diferencias, permitiéndonos descubrir otro tipo de belleza.

El humor, por supuesto, es un elemento insoslayable en cualquier hogar, y la cocina de nuestra casa es quizás el espacio donde el absurdo se expresa con mayor libertad. Nada es lo que parece, y aquí los artefactos han entrado en franca anarquía.

Desde el dormitorio, una boscosa enramada nos habla del exterior, de la posibilidad de la naturaleza como salida, aunque los pájaros, dueños del lugar, no parecen para nada tranquilizadores.

Sin duda, cualquier hogar, por más rebelado y rebelde que sea, sabrá tener sus ritos, repetidos a diario entre enseres en los que depositamos todo nuestro afecto y devoción. ¿Quién no ha hurgado, en una noche fría y solitaria, en busca de alguna carta de amor que, al ser leída con ojos lluviosos, hace chispear algunos fuegos que se creían extinguidos? ¿O acaso alguna vez el lecho para el amor no se transformó en un arma letal? Una casa, entonces, impregnada de historias de amor y de pérdida, o de puro deseo no consumado. Historias que se desparraman por la cama, por el piso, mientras una brisa parece decirnos que a las palabras siempre se las lleva el viento.

Y entre los rituales obligados de todos los días (nuestra casa sabe de rituales, los cambia pero los repite, nos hace trampa y nos exige asumir posiciones), pararnos frente al placar para escoger la ropa que usaremos ya no resulta una simple decisión acerca de cómo combinar los colores. La casa nos exige que dejemos de ser políticamente correctos y aceptemos nuestro parecer ideológico ante las vicisitudes impropias de este mundo enloquecido. O tal vez nos arrastre a mentir descaradamente, pero obligándonos siempre a asumir nuestro engaño.

¿Cómo transcurre el tiempo en esta casa? A decir verdad, parece detenido, o al menos eso nos dice un reloj atrapado entre las paredes, cuyas manecillas no logran avanzar y se empecinan en dar siempre la misma hora. Claro que esta extrañeza puede sumergirnos en una situación placentera o convertirse en la peor de las tiranías… Pero, sin embargo, las flores del comedor se ven esplendorosas, todas, menos una. Un florero caído nos habla de la imposibilidad de detener el tiempo, de mantener la vida por siempre. Su caída es el anticipo de lo que les ocurrirá a las restantes. Nada ni nadie podrá evitarlo…

¿Y si al sentarnos frente al tocador nos viéramos eternamente jóvenes y bellos, en una suerte de contra-vanitas que, lejos de recordarnos la vacuidad de nuestra existencia, nos habilita el ejercicio de la vanidad?

III. Creencias, supersticiones y secretos

Sabemos que nuestra vida se encuentra dominada por fuerzas intangibles y espirituales que, en ocasiones, ponen en jaque la racionalidad que pretendemos imprimirles a nuestros proyectos. ¿Si en lugar de mirar la agenda o el calendario por la mañana alzáramos la vista hacia el cielo para averiguar qué nos deparan los astros? Nuestra casa se encuentra también abierta a otros estados de conciencia, a mundos esotéricos e impalpables donde la dualidad entre el bien y el mal, la vida y la muerte, se dirimen en el día a día. Mundos mágicos poblados de seres mitológicos y paganos, regidos por otras leyes, arcaicas y primitivas, y no por ello menos sabias.

Y sí, en esta casa las creencias populares, los mitos y las supersticiones están a la orden del día, y ninguno de sus moradores deja de rendirles culto a los regordetes dioses de la abundancia y la alegría. Nuestro hogar hace un culto de los ritos domésticos que celebran lo cotidiano en sus más ínfimos detalles y manifiestan usos más poéticos (y más poiéticos) de nuestros entornos.

Toda morada posee secretos y tesoros bien guardados. Historias, leyendas, habladurías y enigmas que la casa atesora entre sus paredes, pero que pujan, ansiosos, por ser descubiertos.

Esta casa, a la que todos ustedes quedan invitados, está habitada por artistas. Ellos les arrebataron la funcionalidad a los espacios y a las cosas para sembrar, en cambio, un territorio de fantasía, de cotidianeidad transfigurada, de ficciones inquietantes y sugestivas.

Bienvenidos a esta morada donde lo habitual tiene la facultad de potenciar lo extraordinario.

1 Curadores, docentes de la Maestría en Curaduría en Artes Visuales de la UNTREF.