Inevitablemente contemporáneo
El Museo James Turrell en Colomé. La intensidad de lo inaccesible.

Florencia Battiti

Ambos suelen usar sombreros de ala ancha, tipo vaquero, y aparecen en las fotos con ropa de estilo informal, como cowboys contemporáneos. Los dos trasuntan vitalidad y sus biografías los describen como hombres intrépidos, visionarios y resueltos. Uno de ellos, el empresario y coleccionista suizo Donald Hess1, posee varios museos alrededor del mundo que alojan su impresionante colección de arte contemporáneo2 y varios de ellos se encuentran situados junto a viñedos, también de su propiedad. El otro, el artista norteamericano James Turrell3, conocido por sus obras que exploran el modo en que percibimos la luz, logró reunir los fondos y las energías necesarios –entre Fundaciones y donantes privados- para adquirir un volcán extinto en el desierto de Arizona y convertirlo en una monumental obra de arte4. Paradójicamente (pero no tanto) ambos se dieron cita en los Valles Calchaquíes en Salta, a una altura de 3000 metros sobre el nivel del mar, uno de los lugares más inhóspitos, apacibles y remotos del planeta.

Hacía tiempo que a instancias de un par de colegas había tomado conocimiento sobre la existencia del Museo James Turrell en Colomé5 pero no fue hasta septiembre de 2012 que, invitada por la Secretaría de Cultura de Salta para oficiar de jurado en el Salón Provincial, tuve la oportunidad de visitarlo. Hay que reconocer que uno debe apelar a su espíritu de aventura –si es que lo tiene- para acceder a Colomé, un pequeño pueblo situado a unos doscientos kilómetros al sudoeste de la ciudad de Salta. En mi caso, me lancé a manejar durante cuatro horas a través de sinuosos caminos de ripio y una de las mayores sorpresas que me llevé durante el viaje –amén de la majestuosidad del paisaje norteño, por supuesto– fue lo bien que me las arreglé con la 4×4 alquilada.

Luego de pasar la noche en Molinos, un poblado fundado en el siglo XVII, inicié la travesía hacia Colomé. Al cabo de andar unos pocos kilómetros, apareció un cartel que indicaba el ingreso a una propiedad privada, la Estancia Colomé. Si bien de entrada tuve bastante claro la enorme extensión de territorio que abarca la propiedad de Hess, no fue hasta que el guía de la bodega comentó que el predio comprendía aproximadamente 40.000 hectáreas que tomé conciencia cabal de la magnitud de este emprendimiento. Entre absorta y turbada me pregunté –mientras el joven explicaba que en los viñedos de Hess se practica la agricultura biodinámica y sustentable– qué implicancias sociales y políticas tiene –independientemente de la rectitud y legalidad con la que se haya realizado la transacción– que un extranjero adquiera a mediados del 2001 semejante extensión de territorio. Pero mis cavilaciones fueron interrumpidas por las indicaciones del guía –el mismo amable muchacho con quien habíamos recorrido la bodega– quien nos invitaba a ingresar al Museo Turrell, ubicado a unos pocos metros del salón donde nos habían convidado con unos espléndidos Malbec.

El imponente edificio de corte moderno del museo –realizado en base a un proyecto del propio Turrell– se yergue disonante contra el paisaje seco de los valles calchaquíes. “Sus puertas están abiertas durante todo el año y la entrada es gratuita”, comentó entusiasmado un turista vienés en un inglés un tanto duro. Casi en paralelo, una parejita de argentinos murmuraba por lo bajo que lo único que faltaba era que cobraran la entrada con lo que había costado llegar hasta ahí…

Luego de recalcarnos que no estaba permitido tomar fotografías, iniciamos una suerte de visita guiada rígidamente pautada de principio a fin. Uno no puede moverse libremente por el museo, señala el joven, y deberá respetar el recorrido establecido sin apartarse del grupo. La molestia que me provocó esta normativa comenzó a ceder –aunque nunca desapareció del todo– ante la primera de las nueve obras de Turrell que se alojan en el edificio: al fondo de una gran sala, un prisma color verde intenso se alza contra el ángulo que forman dos muros blancos. Uno sabe que se trata sólo de luz proyectada pero la sensación de corporeidad es tan intensa que la figura geométrica se torna prácticamente táctil. Pienso qué habría sentido Pettoruti ante Alta Green (1968), él, que se preocupó tanto por estudiar la luz propia de la pintura, otorgándole esa materialidad tan suya a las fuentes de luz en sus composiciones.

Tras indicarnos que nos quitáramos los zapatos, el guía nos comenta que la obra a la que estamos por ingresar [Spread, 2003] fue creada especialmente para este museo. Luego de subir una tarima escalonada, entramos a un espacio cúbico de 400m² bañado de luz azul, muy tenue. Al avanzar caminando se percibe que el piso se va inclinando hacia abajo y que esa inclinación conduce hacia un epicentro de luz azul más intensa. Por unos segundos se pierde por completo la noción de espacio: no hay piso, ni techo, ni paredes laterales que nos contengan. Estamos flotando, imantados hacia el potente núcleo azul que se encuentra en el fondo, una suerte de gran pantalla de luz rectangular que irradia color. De repente suena una alarma: uno de los visitantes se excedió al acercarse a la fuente de luz y activó los sensores de movimiento. Me aproximo con precaución al extremo del piso, toco el borde con el pie y ahí está el límite: de ese vano proviene la fuente de luz; si se avanza más, uno se cae al vacío.

Mientras me pongo los zapatos y siento como si hubiese caminado literalmente dentro de un cuadro de Josef Albers, recuerdo haber leído que Turrell fue piloto de aviones y que esta experiencia lo llevó a reflexionar acerca del modo en que nuestra percepción decodifica las coordenadas de espacio y tiempo. De alguna manera, Turrell parece advertirnos que no es conveniente dejarse engañar por lo que nuestros ojos nos muestran porque ellos se encuentran demasiado condicionados por nuestra mente. Apenas nos sometamos a un profundo cambio de percepción como el que provocan sus obras, resulta inevitable reconfigurar todo lo aprendido. Así, deambulando de obra en obra, uno acaba por preguntarse, ¿pero entonces, qué es en realidad la luz? ¿Por qué por momentos se vuelve tan tramposa, tan esquiva? De lo que no cabe duda es que, ante las obras de Turrell, deja de ser una cuestión que depende únicamente de un interruptor. Porque sin dejar de ser obras de arte que plantean filiaciones con movimientos como el minimal o el arte conceptual, las de Turrel son piezas que trasvasan lo estrictamente artístico para plantear una experiencia sensorial transformadora y profundamente emotiva. De hecho, hacia fines de los años sesenta, Turrell trabajó en el Art & Technology Program de la Universidad de California donde conoció al psicólogo Edward Wortz, quien se había interesado por los cambios de percepción de los astronautas en el espacio exterior. Juntos experimentaron con los límites de la percepción, creando campos visuales libres de todo objeto que pudiese capturar la mirada, de modo que la luz fuese percibida casi como una substancia física.

Antes del atardecer, la visita culmina en el Skyspace Unseen Blue [2002], una enorme habitación cerrada con una gran abertura en el techo. El guía nos invita a acostarnos y nos brinda unas mantas de lana en caso de que alguno sienta frío. Nos advierte que la experiencia durará unos cuarenta minutos y se retira. Los primeros –digamos– diez minutos, no percibo más que el cielo por encima de mi cabeza, una brisa muy fresca que se cuela desde el agujero del techo y las risitas y cuchicheos de los otros miembros del grupo. Pero a medida que todos nos relajamos y finalmente se instala el silencio, comienzo a descubrir la secuencia de efectos lumínicos que irradian las paredes laterales del Skyspace, los que se combinan con los cambios de la luz natural propios del atardecer. Y ahí sucede otra vez… Turrell manipula la luz de tal modo que resulta imposible distinguir lo natural de lo artificial. ¿Es el cielo el que cambia de color o son las tonalidades del habitáculo las que varían? Respiro hondo y le ordeno a mi mente que pare de preguntar. Que se entregue, que se rinda ante la belleza infinita de ver aparecer la primera estrella…

Ya de noche y de regreso en Molinos, aún continuaba un poco alucinada con la visita a este museo. La experiencia estética había sido, sin duda, de las más intensas que experimenté.6 Sin embargo, me asaltaban algunas cuestiones. ¿Es verdaderamente el Turrell un “museo”? De pronto caí en la cuenta que, hasta ese momento, no había logrado distinguir claramente el edificio y lo que éste alberga del museo como institución. ¿Cómo logra el visitante reconocer, para luego “dialogar con” o poner en cuestión, el discurso que el Museo Turrell imparte? Al carecer de dispositivos expositivos (textos de sala, cédulas que identifiquen las obras, etc.) la experiencia del visitante depende demasiado del relato que el guía articule. Para confrontar o dialogar con las obras y los significados que éstas proponen, el público cuenta únicamente con la palabra del guía que lo acompaña −celosamente− a lo largo de todo el recorrido.

“El tiempo de la autonomía del arte, si existió, no perdura”7, dispara Américo Castilla, especialista en gestión de museos, quien concibe a estas instituciones como proyectos conectados con las discusiones culturales y ligados, a su a vez, con los procesos sociales. Es cierto que el Museo Turrell en particular nació de la mano de un proyecto mayor, tanto artístico (la colección Hess) como económico (el emprendimiento vitivinícola) y que sin duda éste último ha colaborado al desarrollo de la zona. Sin embargo, este museo, además de agregarle valor al producto que su dueño desarrolla –sabemos que la cultura juega un papel indispensable en la generación de valor– ofrece una experiencia sensible de suma riqueza y un ámbito propicio para el intercambio con el público del que no se saca el máximo provecho. “El museo no es el mejor lugar para constatar conocimientos sino para confrontarlos, porque es una experiencia sensorial que te abre la curiosidad hacia cosas que no imaginabas, y también a confrontar tus propios prejuicios”, continúa Castilla8. En este sentido, la obra de James Turrell le ofrece a cualquier museo que la albergue una oportunidad única para articular diálogos con otros campos del conocimiento y así ampliar y enriquecer las posibilidades de reflexión crítica y de disfrute estético del visitante. Con la sola implementación de algunas herramientas de comunicación afines a la museografía contemporánea, el Museo Turrell lograría que los contenidos que las obras articulan sean más accesibles al público que lo visita. Siendo un espacio de exhibición geográficamente tan remoto y, a la vez, poéticamente tan intenso, el visitante que llega a sus puertas se lo merece.

1 Donald Hess es octava generación de una familia cervecera de origen alemán que desarrolló negocios en Suiza. En 2001 adquirió la bodega Colomé, las más antigua de la Argentina, que había sido fundada en 1831. Hoy, la Hess Family Estates posee seis bodegas en cuatro continentes, cada una concentrada en las variedades de uva propias de cada región. Además de la bodega, el complejo denominado “Estancia Colomé” incluye un hotel boutique de lujo, un restaurante orgánico, un cine, el museo dedicado a la obra de James Turrel y un circuito de minigolf.

2 La colección Hess se compone aproximadamente de 1200 obras de 65 artistas, entre los que cabe destacar a Magdalena Abakanowicz, Francis Bacon, Georg Baselitz, Gilbert & George, Franz Gertsch, Andy Goldsworthy, Robert Motherwell, Robert Rauschenberg, Per Kirkeby, Yue Minjun, Shigeo Toya, Gerhard Richter, Frank Stella, James Turrell y Outtara Watts. El único artista latinoamericano presente en la colección Hess es Leopoldo Maler.

3 James Turrell (b. 1943, Los Ángeles), comenzó su carrera artística en los tempranos ’60 en California y fue uno de los líderes del movimiento conocido como Southern California Light and Space Movement, un grupo de artistas que trabajaba con la luz y el espacio haciendo de las percepciones sensoriales el eje de sus trabajos.

4 Roden Crater se encuentra situado en Flagstaff, en el desierto de Arizona. Desde fines de los años setenta, Turrell trabaja para convertirlo en un observatorio natural de fenómenos celestiales.

5 El James Turrell Museum – The Hess Art Collection at Colomé abrió sus puertas al público el 22 de abril de 2009, siendo el único museo en el mundo dedicado enteramente a la exhibición de la obra de James Turrell. Allí se exhiben nueve instalaciones del artista: Alta Green 1968, Cross-Wall Projection Pieces Series, Lunette 2005, Structural Cut Series, Penumbra 1992, Windows Series, City of Arhirit 1976, Ganzfeld Series, Spread 2003, Ganzfeld Series, Stufe (White) 1967, Cross-Wall Projection Piece Series, Slant Range 1989, Arcus Series, Wedgework II (Pale Blue) 1967, Wedgework Series, Unseen Blue 2002, Skyspaces Series.

6 Además de las nueve instalaciones de Turrell, el museo el recorrido que propone el museo se completa con dos series de grabados del artista. Antes de partir, el visitante puede adquirir libros sobre el artista y/o la colección Hess.

7 Américo Castilla, “La memoria como construcción política” en El Museo en Escena. Política y Cultura en América Latina, Buenos Aires, Paidós, p. 10.

8 Mercedes Pérez Bergliaffa, “¿Los museos latinoamericanos atrasan?”, Revista Ñ, 25 de noviembre de 2010.