Inevitablemente contemporáneo
Para conjurar el enigma. Juan Carlos Romero

¿Tendré tiempo para hacerme una máscara cuando emerja la sombra? se preguntaba Juan Carlos Romero allá por el año 2000, mientras inscribía un verso de Alejandra Pizarnik sobre su pecho desnudo y portaba una extraña máscara que le cubría el rostro por entero. En esta oportunidad prescinde del texto y recurre a su propia colección de máscaras. Así, situado tras un fondo neutro y vistiendo la misma remera oscura, se coloca las máscaras una a una.

La serie fotográfica abre y cierra con un retrato en el que Romero no oculta su rostro. Su habitual gesto tierno y severo, su pelo blanquísimo y la mirada adusta traen a nuestra memoria una larga trayectoria de artista-activista, grabador, poeta visual, performer, docente, editor o curador. Al comienzo y al final del ensayo dominan las máscaras, antiguas y contemporáneas, lujosas algunas y, otras, muy sencillas. Sobre su rostro todas asombran. Todas producen extrañamiento e, incluso, algunas estremecen.

Pero ¿quién no ha portado una máscara alguna vez para ocultarse, protegerse o transformarse en otro? ¿Cómo no tentarse con habitar temporalmente otra identidad para conectar con esas zonas de nuestro ser de las que por temor, pudor o mera falta de imaginación, solemos mantenernos alejados?

Una primera –y, tal vez, apresurada– lectura acerca del por qué siempre ha resultado tan inquietante para el hombre el uso de máscaras apunta directamente al ocultamiento. Sin embargo, el acto de camuflarse, de disfrazarse, habilita la aparición de aquello que no puede emerger bajo las leyes de la vida social, bajo las normas y reglas de la civilización. En la mascarada que resulta la comedia de la vida, ponerse transitoriamente una máscara y encarnar su espíritu deviene en un gesto de pura autenticidad. “La máscara –dice Bataille– es el caos hecho carne”, es asumir el caos original. Encarnar el caos, conjurar el enigma de la muerte, quizás sea el anhelo que subyace en esta “Doble residencia” que ensaya Romero al dejarse habitar por lo diferente, lo foráneo, lo distante e, incluso, lo atroz. Y probablemente de ese modo no sentirlo tan ajeno…

Al enmascararse en esta foto-performance, Romero atestigua, una vez más, que lo que vemos, nos mira.

Florencia Battiti

Buenos Aires, junio 2016